RECUERDOS DE MI PUEBLO

Teresa Aliaga

 

Fernán Caballero

 

“Mi pueblo” no es como los demás pueblos de la provincia, por lo menos para mí. Tiene características muy especiales, empezando por su gente, su buen vino y el aceite, además del pantano y sus tradicionales fiestas de San Agustín Bendito con la procesión y los castillos.

 

Lo dejé en mi niñez, y a veces, con mi imaginación vuelo mucho más rápido que el AVE, y me paseo por él, y  lo recuerdo tal y como lo dejé en la década de 1950. Sus calles eran de cantos y piedras, en el campanario de la iglesia, siempre veía el nido de las cigüeñas; la escuela pública se encontraba, en ese entonces, frente a la plaza. Doña Concha era la maestra… ¡y qué maestra! No he tenido otra como ella, es más, creo que su buena enseñanza me ha servido toda mi vida.

 

Como todos los pueblos de la comarca, tenía sus cuatro personajes principales: el alcalde, el cura, el médico y el veterinario.

 

El cura era Don Toribio, un pedazo de pan, él fue quien me bautizó. A diferencia de otros sacerdotes nunca pedía dinero, por eso la iglesia de Nuestra Señora de Gracia estaba que se caía. Pero pensándolo bien ¿quién hubiera dado un céntimo en esos años de la posguerra? Apenas teníamos para malcomer y por esa razón muchas familias emigraron a otras provincias.

 

El médico, era Don Manuel. El clásico médico de cabecera que iba de casa en casa y no solamente recetaba, sino que era además el psicólogo del enfermo y de toda la familia, aunque uno tuviera mucha calentura, sólo con verlo se le quitaban todos los males, era como un bálsamo de bondad para el cuerpo y el alma.

 

Del alcalde y del veterinario no me acuerdo muy bien, en ese entonces no había partidos políticos porque dominaba el franquismo y además porque los niños no se fijan en esas cosas.

 

Recuerdo a Don Pascual, que también era médico pero, ejercía en Ciudad Real.  Se paseaba por la Calle Real con bastón y con sombrero… ¡como todo un caballero! ¡Qué gran médico y qué gran persona! Quedan pocos como él.

 

En esa época no teníamos televisión, sin embargo los niños tampoco lo pasábamos mal. En verano nos llevaban a trillar las mieses en la era o nos ponían a ayudar a enjalbegar

 

El frío era tanto en invierno, que cuando salíamos de la escuela estábamos deseando llegar a casa, para colocarnos alrededor del brasero con picón o junto a la chimenea con leña. Nos salían sabañones en las manos, pies y  a veces, hasta en las orejas.

 

También en verano se embotellaban los tomates para hacer pisto en invierno.

 

 

 

Hay olores que te acompañan toda la vida. Todavía me parece estar oliendo a la tierra mojada de mi pueblo cuando llovía. Ni qué decir del olor a los chorizos fritos, los pimientos con huevos, el pisto, las migas con chorizos y las gachas con torreznos.

 

Los churros los comprábamos en la churrería que estaba al lado de la carnicería de Francisco Aparicio y nos los ponían en un junco y así  llevábamos las roscas a casa.

 

Para San Agustín la costumbre era comer rosquillas, mantecados, barquillos y las riquísimas berenjenas guisadas.

 

La matanza era todo un acontecimiento entre vecinos. Se ayudaban unos a otros. Me gustaba el ambiente… y el patatero. ¡No hay otro chorizo en el mundo como ese! Además el patatero sólo se hace en mi pueblo.

 

Desconocíamos las pizzas, las hamburguesas y los alimentos congelados.

 

Tampoco disponíamos de los cuartos de baños de hoy en día, había que ir al corral… ni teníamos lavadoras; la ropa se lavaba en el río y se blanqueaba al sol.

 

El pantano, los canales y las acequias, siempre estaban llenos, y las huertas verdes y hermosas; no había agua corriente en las casas, recurríamos a los pozos que, generalmente estaban en los patios de cada vivienda. El de mi casa estaba cubierto con una hermosa parra que le daba sombra en los cálidos veranos de la meseta castellana.

 

Así es como recuerdo a mi pueblo, distinto a todos con ese encanto tan especial, por eso sería que a la autora de “La Gaviota”, Cecilia Josefa Böhl de Faber, le gustó tanto que lo adoptó como seudónimo para sus novelas.

 

Una fernanduca y a mucha honra.