¿Habéis venido ya de una?

 

Juan GÓMEZ CASTAÑEDA

 

Todo fernanduco que se precie, si la salud o sus obligaciones inexcusables se lo permiten, acude invariablemente a Fernán Caballero en las vísperas de su fiesta mayor. Al llegar, sus paisanos le saludarán interrogándolo de esta manera: “¿Estáis aquí ya?” Una pregunta tan obvia no quiere decir, sin embargo, lo que aparenta; se trata, en realidad, de una fórmula de bienvenida y acogimiento a quienes llegan, y no tiene otro propósito que el de saber si los recién llegados, aun faltando todavía un par de semanas, esperarán ya en el pueblo, como se supone, la llegada del gran acontecimiento de las fiestas en honor de san Agustín.  

Nadie quiere perderse la cita anual con el patrón de la localidad, a quienes todos veneran; cada uno a su manera. Los más comprometidos con la tradición religiosa y los altos responsables de la hermandad, pasearán sus mejores galas festivas en la procesión, escoltando muy de cerca la carroza del santo con la medalla distintiva de la cofradía al cuello y un achón encendido en la mano, tratando de demostrar su prelación fernanduca y su ortodoxia en la fe agustiniana. Pero hasta el paisano más humilde y ajeno a cualquier rito religioso, se asomará a la puerta de la taberna y, en un acto de suma reverencia y respeto, se quitará la gorra e inclinará levemente la cabeza al paso de la comitiva procesional del obispo de Hipona.

Y es que el fervor agustiniano de cada 28 de agosto es una forma inequívoca de ejercer de fernanduco; es la manera de mostrar ese amor particular por la “patria chica”, ese patriotismo noble e inocuo que pone las almas al abrigo de la intemperie de este mundo globalizado y convulso, pero que, al tratarse de un patriotismo sin banderas, ni albergar, por su humilde dimensión, perfiles excluyentes ni belicosos, está exento de los peores riesgos de los nacionalismos al uso.


Especialmente significativo es este doble sentimiento patriótico-agustiniano en el caso de aquellos naturales del pueblo, o sus hijos y nietos, emigrantes en su día, que, residiendo lejos de la localidad, reciben la denominación de “pisteros” por regresar al pueblo en temporada propicia para degustar esos pistos manchegos, que, en su diferentes fórmulas y variedades, tan acreditada tienen su fama por estos pagos. Algunos de estos  “pisteros”, que contribuyen a que se duplique o triplique la población residente en el pueblo durante el último tramo del mes de agosto, son especialmente activos en las celebraciones en honor de san Agustín, que en Fernán Caballero tienen un especial carácter pirotécnico. Un fernanduco de pro, residente local o venido de fuera, deberá tirar docenas de cohetes en honor del santo, por supuesto a mano descubierta, sin tablilla o guante protector; lo hará preferentemente a la entrada de la imagen en el templo al finalizar la procesión, o durante el recorrido de ésta; pero durante los días de fiesta hay barra libre para los coheteros, que no se privarán de darle fuego a la mecha del artefacto explosivo durante la siesta ni a altas horas de la madrugada. Quienes prefieran otra alternativa pirotécnica tendrán los castillos de fuegos artificiales, que serán plantados en la plaza desde primeras horas de la tarde, formando círculos concéntricos; cada uno llevará un cartel con el nombre y los apellidos de quien lo ofrece y paga, que, con tan peculiar ofrenda, dará fe pública de su adhesión incondicional al patrón de la localidad y, por extensión, de su identidad fernanduca. Estos castillos serán quemados al unísono cuando el santo regrese a la iglesia, configurando en su honor un círculo de explosiones, chispazos y luminarias incandescentes entre el que darán vueltas con la imagen del sabio obispo de Hipona, hasta la quema total del último gramo de pólvora, los fieles más fervorosos y los paisanos más comprometidos con la doble causa en juego, agustiniana y fernanduca.

Los residentes habituales se sienten honrados con la llegada al pueblo de oleadas de “pisteros” desde los primeros días de agosto, y estos saben que, aunque a su llegada sean saludados con un “¿Habéis venido ya de una?”, no significará, a pesar del literal de la frase, que les estén preguntando si su regreso es definitivo, o sea, si vienen para instalarse en el pueblo para el resto de su vida, hasta que la muerte los sorprenda. No, lo que les quieren preguntar, dándolo casi por hecho, es si ya no se moverán del pueblo hasta el 28 de agosto, hasta el gran día, hasta el día de san Agustín. Pero la manera en que los residentes saludan la llegada de los ausentes es lo de menos, lo importante es que el día grande de las fiestas sirve de reencuentro de todos los fernanducos, residentes habituales y “pisteros”, que, en razonable aunque ruidosa armonía, compartirán “patria chica” y fervor agustiniano durante unas jornadas festivas en las que, entre cohete y cohete, quedarán aparcadas casi todas esas diferencias que marcan la vida cotidiana de los pueblos y las personas. Ese pequeño universo agitado y estruendoso en que se convierte Fernán Caballero con motivo de sus fiestas patronales durará, como cada año, hasta el uno de septiembre.