Ruido, mucho ruido

(Publicado en el diario LANZA el 27 de agosto de 2004

con motivo de las fiestas de Fernán Caballero)

 

Juan GÓMEZ CASTAÑEDA

Entre el alarido postrero de los altavoces de la última atracción de feria, que cerró a las cinco de la madrugada, y el primer grito del megáfono del vendedor más madrugador, que voceará melones o patatas por las calles antes de las nueve de la mañana, sólo mediará la explosión de media docena de cohetes que un cohetero extemporáneo habrá lanzado al rayar el alba, obnubilado por los vapores etílicos de la larga noche festiva, antes de retirarse zigzagueante a su casa a acostarse.

Esta es la otra cara de las fiestas en honor de san Agustín que, para solaz y tranquilidad de los moradores de Fernán Caballero, sólo duran cinco días. A partir del uno de septiembre comenzará para muchos un nuevo curso laboral, se reabrirá un nuevo renglón de sus vidas después del punto y aparte de las fiestas patronales. Para otros, sin embargo, comenzará la quincena más apacible y grata de todo el verano fernanduco. Tras haber soportado una tensión taquicárdica a causa de los decibelios, que amenaza con romper las costuras del tímpano más templado, las aguas habrán vuelto a su cauce y el pueblo recuperará su pulso vital.

No sé por qué habrá que honrar la figura del sabio obispo de Hipona a base de estruendos permanentes. Bien está que la pólvora de los toros de fuego se adueñen la víspera del entorno de la plaza, o que todos rebocen al pobre Agustín de Tagaste en un cocktail de cohetes y castillos de pólvora antes de introducirlo, tras la procesión, de nuevo en la iglesia a los sones de la marcha real.

Pero, más allá de estos tradicionales fastos pirotécnicos, nada obliga a formar la escandalera a cualquier hora del día o de la noche por el mero hecho de que se celebren las fiestas del pueblo. Siendo, como parece, bastante difícil de controlar ese torrente de explosiones y ruidos desaforados durante las fiestas patronales, habrá que convenir en que tan señalados días sólo podrán disfrutarse por quienes aún sean suficientemente jóvenes como para tener las neuronas a prueba de bombas, o lo bastante viejos como para que la sordera les sirva de muro protector contra tanta agresión acústica. El resto de la población, al menos quienes se lo puedan permitir, disfrutará de su pueblo cuando éste recupere su pulso normal, cuando los feriantes hayan ahuecado el ala y se hayan ido con la música a otra parte, y cuando los coheteros extemporáneos hayan agotado su munición. Cuando Fernán Caballero, en fín, vuelva a ser ese rincón apacible, ese lugar de la Mancha envuelto por el silencio y acariciado por las primeras brisas que adelantan las suaves temperaturas que anuncian el otoño cercano. Eso será, entre otras épocas del año, durante la primera quincena de septiembre. Eso sí, siempre con permiso del megáfono del tapicero ambulante.